DELMIRO

Doña Petrona vivía con Solana, la menor de sus hijas al costado del algarrobo viejo.  Un rancho humilde pero cuidado.  Siempre provisto de chipaco y mate para el que llegara.  Indalecia y Fortunata se habían acollarado con los hermanos Pereyra.  El Pancho y el Anacleto, hijos de Adolfa, conocida comadrona del pueblo y sus aledaños.  Gente honesta y de trabajo.  Gozaban del aprecio de todos los vecinos y la Adolfa, además de partera, oficiaba de mano santa cada vez que algún enfermo la requería.  La Petrona era casi feliz.  Si no fuera por la muerte de su marido que la dejó viuda tan joven, ella hubiera sido plenamente feliz. ¡ Lo extrañaba tanto!  Tata Dios lo sabía.  Desde hacía algunos años, tenía la manía de sentarse todas las noches a mirar las estrellas.  Aunque hiciera frío.  Después de comer alguito para que no haga ruido la panza, en cuanto Solana se acostaba, ella aprovechaba la soledad para contemplar el cielo.  Le había puesto nombre a las estrellas y del lucero decía que era su Delmiro que desde allí la acompañaba.  ¿ Por qué será que hay noches que están todas brillantes y titilando como mandando mensajes y otras que no? Se preguntaba.  Algunas veces hay pocas, ¿se irán pá otro lado? ¿será lo que se dice almas errantes?  Por suerte mi Delmiro siempre está.  Claro, si no hay tormenta.  La lluvia es cuando las estrellas lloran.  Debe ser así... por eso cuando hay alegría brillan más. Mi hombre está feliz.  Mi delmiro siempre brilla.
El párroco, amigable y refranero, aprovechó la fiesta del patrono del pueblo para hablarles del matrimonio a todos aquellos que aún no habían cumplido con el sagrado sacramento.  La Adolfa se sintió tocada en su sensibilidad y allí mismo arregló con el padre Jorge el casamiento de sus hijos Pancho y Anacleto con las hijas de la Petrona.  Fortunata estaba preñada y próxima a parir, por lo que decidieron harían una sola ceremonia.  Cristianarían al recién nacido el mismo día del matrimonio.

La pequeña capilla adornada con flores silvestres e iluminada con infinidad de velas, estaba colmada de parroquianos y amigos empilchados con lo mejor que tenían. La fuerte lluvia no los amilanó. Los senderos anegados dificultaron el traslado de los novios y el bebé, pero llegaron a horario y el párroco rebosaba alegría.

Al terminar la ceremonia, ya el cielo se había abierto y la luna iluminaba el camino.  Petrona, vio de pronto al salir de la iglesia en un charco que dejó la lluvia, una luz titilante que relucía.  Era el lucero reflejado en el agua.
- Hijas... hijas... ¡ vino papá !- y parada frente al charco rompió en sollozos. Algunos dudaron de su cordura.  Otros se persignaron. Pero ella sabía que Delmiro, su Delmiro, estaba más cerca que nunca compartiendo su vida.

( de mi libro en preparación)

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Nació en Rosario donde cursa estudios universitarios en Letras. Radicada en la Capital Federal estudia con Raota fotografía y laboratorio; con Perla Cordini, escultura y cerámica; con B.Jesiot, R.Insaurralde,Marcos Borio, Miguel A. Bengochea,pintura. Realiza cursos de Arte con el crítico F.Fevré y figura en diversos Libros relacionados con las Artes Plásticas. Ha realizado 12 exposiciones individuales y obtenido premios y distinciones nacionales y extranjeras.En marzo 2012 aparecerá su nuevo libro " Transitando Recuerdos" ediciones Del Dragón.